Tres semanas en moto con parada en el Albergue del Pirineo

disfrutar en moto

En el Albergue del Pirineo nos gustan los moteros. Para los demás viajeros el trayecto es un incoveniente a superar, y, a veces, hasta una tortura. Para el motero “el viaje mismo” es el disfrute. La curva no es una pega, sino un dibujo. El motero disfruta con todos los sentidos de los lugares que atraviesa. El Pirineo es un mundo de sensaciones, de curvas, un escenario ideal para los moteros. Cuando una persona aprecia aquello que recorre no le queda otro remedio que ser respetuoso con el recorrido. Los moteros van en grupo y son buenos compañeros. Por todo eso en Casa Iriarte, el Albergue del Pirineo, nos gustan los moteros. Y os ofrecemos aquí un bello relato de moteros asturianos.

Viajar tiene algo de iniciático por lo que supone de descubrimiento de realidades que hasta ese momento nos eran desconocidas; con el paso del tiempo, a través del tamiz de la memoria, esos viajes van adquiriendo tintes más personales, sabores y aromas que quizás nunca tuvieron en realidad y que ahora, al hacerlos indisolublemente nuestros, como un fluido corporal más, les incorpora algo de nuestra forma de ser que los modifica y los hace únicos: son los viajes de la memoria

«La moto no es un medio de transporte como los demás. Es un arte de vivir. Incluso algunos dicen que es una filosofía y que el motero es un filósofo con casco que ama la libertad»

Este es, sin duda, un buen comienzo. El texto lo encontré en una tienda francesa como pie de una vieja fotografía en la que se ve, sobre una moto Confort, a una pareja que parece ir a una sesión de charlestón. Los moteros estarán totalmente de acuerdo.

Si todos los viajes, por modestos que sean, han de tener ciertas dosis de aventura, cuando este se realiza en moto tales dosis pueden acabar con los nervios del más plantado. Y es que viajar en moto es entregarse ciegamente en manos de la buena suerte, tan caprichosa ella, para que todo acabe bien: que no llueva, que no te reviente una rueda, que no encuentres en la calzada un bote de cerveza, que en la rotonda nadie te roce, que no haya grava ni manchas de aceite en una curva, que ningún despistado te de por detrás -sin perdón- en un semáforo.

La verdad es que si uno lo piensa dos veces se queda en casa. Así que no lo pienso. Pongo a punto mi Intruder 800 con su calzado nuevo, su aceite y filtros a estrenar, le doy un buen lavado, y nos ponemos en marcha.

Hay motoristas que planifican cuidadosamente su viaje, pero para mí eso le resta los alicientes que dan la improvisación y la posibilidad de variar la ruta según las circunstancias del momento; también tiene sus inconvenientes, es cierto. Pero uno, qué le vamos a hacer, todavía conserva un bakuniano desdén por la burocracia programadora y prefiere cierta anarquía controlada. Así, aunque la idea inicial era ir al Perigord francés, luego la cosa quedó.

1ª Semana

Hace sol cuando dejamos Xixón a media tarde; la Intruder, con las alforjas a punto de reventar y una bolsa en el portabultos, ronronea feliz con sus caballitos de vapor dispuesta a tirar todas las millas que le pidamos. Ella es la auténtica protagonista del viaje y lo sabe, igual que yo sé que no fallará ni nos dejará tirados: es más dura que cualquier tractor de Milwaukee.

Al anochecer llegamos a Ondarroa, en el País Vasco. ¿Territorio Comanche? Por un momento creo haber sido abducido y haber aterrizado en algún lugar fuera de España, con perdón. ¡Joder! Ni un solo cartel ni indicador de tráfico en castellano que pueda decirnos si vamos hacia el puerto de la villa o hacia el matadero municipal .

Ondarroa

Así no. El euskera es un excepcional fósil viviente de las lenguas en el que se han escrito textos inolvidables como Obabakoak o el poema de Aresti: Defenderé la casa de mi padre contra los lobos contra la sequía. Pero así no. El rechazo -¿hay mayor rechazo que procurar que no se te entienda?- produce doble rechazo en el visitante. Mientras buscamos un hotel tenemos la desagradable sensación de ser observados por mil ojos anónimos; los siento en el cogote, como un moco. No hay hotel, no hay hostal. Al principio te extraña, luego comprendes que lo que hace el forastero cuando llega a Ondarroa es coger pista, que aquí no me quieren. Bertolt Brecht lo resumía estupendamente: «Frente a un nacionalista te sale el otro nacionalista que llevamos dentro».

Queridos moteros de Xixon. Si domináis los prejuicios y volvéis a Ondarroa, no os perdáis la Merluza a la Ondarresa, una de las mejores anchoas del mundo y un buen marmitako. Seguro que todo lo demás lo perdonáis.

Al día siguiente llegamos a La France. Hacía demasiado tiempo que no visitaba la querida Europa, la de la tolerancia y la cultura, la educación y la eficacia… Al pisar suelo francés, rodando lentamente por Las Landas entre pinos y el sabor salado del Atlántico que aquí parece más limpio y amable, con folletos y carteles en castellano, y ese ‘savoir faire’ sin estridencias, uno vuelve a pensar que realmente, ¡ay!, tras el corto espejismo de la transición donde nos creímos los reyes del mambo, Europa sigue acabando en Los Pirineos.

ostras de Arcahon

Desde Capbreton hasta Arcachon, sin tomar la autopista, la carretera se desliza junto a la costa donde los franceses se tuestan en ese aquelarre universal de torrezno que huele a protector requemado. Playa inmensa, rectilínea, como si alguien la hubiera pintado sobre el mapa con un gran rotulador amarillo.

No os perdáis las ostras de Arcachon con una copa de champgne a las 11 de la mañana en el mismo puesto de un ostrero. Momento inolvidabe, y no son caras. Arcachon tiene parecido con San Sebastián. Sus playas, bahías, sus edificios belle epoque, y un pasado esplendoroso destino de reyes y magnates.  Y cerca podéis admirar la duna más grande de Europa.

Todo invita a seguir subiendo por la costa; así que decidimos saltarnos nuestro plan original de ir directamente al Perigord, y ponemos nuestra meta en la ciudad de La Rochelle.

Según nos acercamos a Cognac, los pinos van dejando paso a las viñas y a los campos de girasoles: enormes plantaciones de girasoles se extienden a ambos lados de la carretera y uno tiene la sensación de ir con las ruedas de la Intruder arando por medio de la tierra. Llegados a este punto, lo mejor es detenerse en alguna de las muchas ‘ostrerías’ que hay y zamparse una buena docena de ostras con queso rochefort y un copita de coñac. Para algo estamos en la tierra donde dicen -los que no han probado “el gamonéu”- que aquí se hace el mejor queso y el mejor coñac del mundo.

La Rochelle, la ciudad que quiso ser protestante y que luego llevó su acento a Canadá, también vale una buena kilometrada: luminosa, con sus torres defensivas, sus faros y el permanente espectáculo veraniego en las calles… Un argentino canta tangos mientras su chica, húngara para más señas, baila como si fuera porteña: «Estos franceses aprecian el arte y sueltan la guita mejor que en España; allá, con ustedes, casi nos morimos de hambre, che», me dice con cara de asco. Otra vez los Pirineos. Vale, encajo el golpe y le dejo en el gorro menos de lo que pensaba para darle la razón.

ile de re. Puente curvo

Separada de la ciudad por un puente curvo de 3 kilómetros está la isla de Ré. A la moto le van bien las sinuosas carreteras entre abadías en ruinas y pueblos con sus campanarios pintados en blanco y negro como faro para los navegantes. A la moto le va bien despedirse del Atlántico aquí, donde el agua coge unos visos verdes que te hacen pensar que te encuentras en el Caribe; al lado, unos adolescentes juegan a adolescentes en la playa sin dejar de mirarnos con curiosidad: un motero siempre será un motero aquí y en el Caribe.

 

2ª Semana

La moto ya tiene ganas de kilómetros; se lo noto por cierta inexplicable esponjosidad en el puño del acelerador. Así que enfilamos la carretera que lleva directamente al corazón del Perigord.

El cielo se ha nublado y por un momento temo que se ponga a llover. Odio la lluvia cuando conduzco una moto: el placer se transforma en un tormento. Pero el tiempo es comprensible y bueno conmigo, lo que me permite tumbarme relajadamente en las curvas y contemplar este nuevo paisaje de suaves colinas cubiertas de bosques tremendamente verdes y pequeños valles con granjas de ocas y de patos: por algo estamos en la tierra del foi.

Tomamos dos ciudades como base para movernos: primero Perigueux y luego Sarlat, desde donde cada mañana, tras enfundarnos prendas tan poco ortodoxas como sandalias y camisetas, hacemos relajadas excursiones por los pueblos de los alrededores.

Los castillos medievales salpican todo el pasaje; desde lo alto de los farallones recortan sus torres y dan un sello inconfundible a esta región; algo parecido ocurre con las cuevas prehistóricas. La que es considerada como la joya del arte rupestre, la cueva de Lascaux, no se puede visitar, pero sí una réplica por la que merece la pena darse un garbeo y ver cómo veían y sentían nuestros amigos cromagnones. Mientras contemplaba el realismo y la belleza de aquellas pinturas, no podía quitarme de la cabeza que allí estaba yo, con mi moderna Intruder a la entrada de la cueva, sin ser capaz de hacer siquiera un bosquejo que se pareciera a la maravilla que pintó hace unos 17.000 años un tipo que ni siquiera fue a la escuela primaria… ¡Qué cosas!

Montignac en Perigord

En las proximidades de la cueva está el pueblo de Montignac -hermoso y cuidado como casi todos los pueblos del Perigord-. Hoy hay un mercado popular donde la gente come, bebe y canta… Esto es bastante extraño para la aburrida Francia. María es nieta de una murciana que huyó durante la guerra civil, nos dice en un español que da pena. Está un poco bebida y quiere invitarnos a vino y a foi y a más vino. Asegura que envidia la libertad de España, su alegría y la manera de vivir, que la Francia es une merde. Lo dejo estar: otra vez lo Pirineos como marca de diferencia.

 

Dejamos a María cariñosamente abrazada a una amiga y regresamos de noche a Sarlat; la luna, redonda como una gran canica blanca, rueda a nuestro lado sobre el arcén del cielo. No hay un solo coche y el aire resulta embriagador con su olor a lavanda y a verano. Corro, corro, corro. hasta dejar la luna atrás. Parece un sueño, pero no lo es.

 

3ª Semana

Camino de los Pirineos. Tampoco estaba previsto, pero tantas han sido las referencias a la cordillera a lo largo del viaje, que uno se siente obligado; además, pocos sitios tan atrayentes para un viaje en moto como las altas y reviradas pendientes de sus puertos. Me cuentan que el origen de los Pirineos está en Hércules, que acumuló una gran cantidad de piedras para sellar la tumba de su amada Pirene. Un poco sí que se pasó.

Los días siguientes son un ir y volver atravesando la cordillera por unos pasos fronterizos que ya sólo quedan en el recuerdo de las casetas abandonadas al borde de la carretera. Por el túnel de Bielsa entramos en Huesca para al día siguiente volver a Francia por el puerto del Portalet y regresar de nuevo por Somport a Canfranc, con su estación de tren que dicen tiene tantas ventanas como días, y que parece un trasatlántico de forja y cristal encallado en su propia historia de abandono.

colores otoñales en Irati

Ya en el Pirineo navarro conviene dirigir la Intruder hacia Ochagavía; el pueblo, con sus casonas solariegas, nos recibe levantando piedras, cortando troncos y lanzando alpacas. Dicen que por aquí late el corazón de Euskadi; aunque yo prefiero imaginarlo en el bosque de Irati, con sus hayas y duendes, hasta donde fuimos dando tumbos por pistas y caleyes con la Intruder, que no se esperaba este fin de fiesta. Nosotros tampoco, pero ya metidos en kilómetros Irati bien merece algún que otro susto. Y para descansar tomamos el Albergue del Pirineo, el albergue de los moteros, en Oronz a 3km de Ochagavía.

 

Ya sólo nos queda la vuelta a casa desde una Estella en fiestas, donde nuestros amigos Chus y Pedro nos esperan con un ajoarriero y un vino que resucitan a un muerto. Al final, han sido 4.000 mil kilómetros de placer. Y es que si el viaje es un placer, en moto es además «un arte de vivir»… Claro que esto lo dice un motero.
 

Ajoarriero de Chus y Pedro en Estella- Lizarra

 

 

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